A veces la vida virtual es una obsesión, la granja de Farmerama

Está de moda el campo, emigrar de la ciudad al campo y convertirse en granjero, pero hacerlo de forma virtual. Las redes sociales se están convirtiendo, además de en medios de  comunicación inmediatos, en vehículos de unión e invitación para los juegos. En el ámbito del ocio, internet ha supuesto también una vuelta de tuerca para los juegos. La gratuidad (aunque con matices) del acceso a juegos y aplicaciones ha hecho que millones de jugadores del mundo formen parte de la misma comunidad virtual de juego.

Además ya no se juega de manera individual, se entra a formar parte de un grupo que interactúa de manera global en un mismo escenario y en un mismo juego. Tanto es así que desde las redes sociales proliferan invitaciones para jugar a este juego o a cualquier otro de similares características. Farmerama es una de esas aplicaciones exitosas que tiene enganchados a millones de jugadores. El planteamiento es sencillo, y hunde sus raíces en los famosos tamagochis de la década de los 90. Aquellas maquinas se presentaban como una mascota virtual de la que había que estar pendiente sin razón aparente, únicamente por el hecho de cuidar al animalito.

Al jugar se adquiere una responsabilidad que puede ser incluso obsesiva. El juego abre la posibilidad a quien lo inicia de convertirse en granjero virtual, con Farmerama el jugador inicia una nueva vida en la que hay que realizar todas las tareas propias de la actividad agrícola real. Ir a la ciudad, comprar, construir, alimentar animales… Ello implica un grado de implicación en el juego por encima de los juegos online habituales, en los que se gana o se pierde y se terminan las partidas. Hasta ahora la vinculación emocional del jugador se circunscribía a los minutos que tardaban los malos en matarle.

En Farmerama nunca termina la partida, la vida se desarrolla y se complica conforme el jugador va desarrollando actividades. Además aunque es gratuito, el negocio entra  con dinero real. Las monedas virtuales necesarias para el desarrollo del juego se pueden conseguir de diversos modos, entre ellos comprándolas con euros. También trayendo a más amigos invitados a la nueva vida online, compartiendo el juego en redes sociales, etc. El cliente además de jugar, se erige en publicista de la aplicación. Tanto es así que hay quien lleva su grado de implicación hasta un grado obsesivo, sintiéndose más cómodo en su vida virtual que en la real, lo que además de un problema psicológico, tiene consecuencias para el bolsillo.

El juego cumple cuatro años en 2014 y tiene enganchados a millones de jugadores que se retroalimentan interactuando en su vida paralela. Al final Farmerama cruza las emociones con el ocio para idear la fórmula perfecta: responsabilidad, desarrollo que implica más poder, implicar a más personas para obtener recompensas… Y para los que piquen el anzuelo, gastarse los euros para avanzar más rápido. En realidad el jugador no gana nada, pero sus implicaciones emocionales hacen que resulte atractivo para el ego. Por la soberbia también muere el pez

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